Es
evidente que no existe una repugnancia menor en defender que la falsedad o la
imperfección, en tanto que tal, procedan de Dios, que existe en defender que la
verdad o perfección proceda de la nada. Pero si no conocemos que todo lo que
existe en nosotros de real y verdadero procede de un ser perfecto e infinito,
por claras y distintas que fuesen nuestras ideas, no tendríamos razón alguna
que nos asegurara de que tales ideas tuviesen la perfección de ser verdaderas.